Mujeres y microviolencias sanitarias

Un artículo de Ana Morán

La pertenencia a un sexo determina las diferentes patologías que podemos llegar a sufrir mujeres y hombres. Así como nosotras podemos padecer endometriosis o riesgos derivados del embarazo, ellos pueden verse afectados por problemas de próstata, por poner unos ejemplos muy evidentes.
Pero sabemos que a lo largo de la historia, la investigación en medicina ha sido realizada por hombres, señores que no siempre han atinado a la hora de establecer pautas y orígenes a patologías netamente femeninas.

Sigamos con nuestro aparato reproductor, y los tabúes que nos inculcaron de pequeñas, heredados de madres, abuelas y sus ascendientes. Cuando se producía la menarquía, las niñas se hacían mujeres, y, calladas debían asumir un sangrado mensual, y evitar tocar plantas para no volverlas mustias, ducharse para no volverse loca, y soportar dolores considerados naturales y normales. A día de hoy, aunque hayamos superado diversos rituales como no lavarnos la cabeza, transplantar un geranio, o tomar una copa de ginebra para ahuyentar el dolor, seguimos aguantando estoicamente ese calvario y medicándonos en exceso y sin conocer realmente su origen. Años y años hemos perpetuado un axioma erróneo: la regla duele. Menstruar no significa sentir punzadas como cuchilladas en el abdomen, no tiene porqué ser sinónimo de vómitos y diarreas, ni conllevar días de inmovilidad en casa.

Este ejemplo de la menstruación dolorosa lo podemos extrapolar a otras patologías que padecemos las mujeres, que han sido normalizadas e invisibilizadas, teniendo que soportar síntomas, que llegamos a normalizar, y, retrasos por lo errático de su diagnóstico.
Muchas mujeres acuden a su médico de familia porque no concilian el sueño, porque se despiertan muchas veces en la noche... pues en multitud de ocasiones se asociará a un período de estrés o a ese cajón de sastre denominado menopausia.



Es frecuente que un profesional de la medicina te diga que si engordas es porque no llevas una vida sana, que si estás triste te tomes un antidepresivo, si tienes insomnio o ansiedad te receten más pastillas. Nos tratan los síntomas como si no existiera el origen, no nos derivan a especialistas en endocrinología por los cambios de peso o temperatura, a ginecólogos cuando tenemos sangrados irregulares, ni a psiquiatras o piscólogos cuando mostramos nuestros dolores emocionales. Habrá profesionales de medicina de familia que acierten en su diagnosis y que remitan a los especialistas, pero muchos de ellos nos medican y nos tratan ellos mismos, y así lo hacen con los síntomas de menopausia, con los problemas menstruales, con el hipotiroidismo o hipertiroidismo, la higiene del sueño, la depresión, la ansiedad, la fibromialgia y otras patologías con alto predominio femenino.

Nosotras qué hacemos, no somos profesionales de la medicina, y, como a todo ser humano, nos asusta la enfermedad; así que callamos, o reclamamos y claudicamos. Y desarrollamos con desánimo la indefensión aprendida

Todo lo anterior tiene un nombre: microviolencias sanitarias. Así lo denomina la doctora Carmen Valls-Llobet.
Basta con hacer un ejercicio.  Supongamos que es un hombre el que acude a su consulta médica y alude problemas de sueño. Probablemente lo primero será achacarlo al estrés, si no fuera así, como en muchos casos ha ocurrido, se le derivará al oportuno especialista o se le chequeará en profundidad. Pues ese mismo ejercicio podemos hacerlo con otros síntomas. Al hombre no le dirán que tiene la menopausia, lógicamente, pero no todo hay que relacionarlo con esa fase de nuestras vidas. Y, desgraciadamente, como en todas las esferas de la vida, funcionan los estereotipos de género.

Cuando nos realizan alguna prueba o nos recetan un tratamiento, en multitud de ocasiones, no sabemos a qué nos enfrentamos, dejamos nuestros cuerpos en manos de profesionales, sin conocer si dolerá, si existen riesgos, etc... Es cierto que firmamos consentimiento, pero no tenemos la suficiente información. Así, se ha demostrado que la terapia hormonal sustitutiva no era la panacea, y existe correlación entre su administración y el cáncer de mama y endometrio.

Las mujeres somos personas, seres humanos, no seres enfermos, podemos padecer enfermedades, pero necesitamos un diagnóstico claro, y no tratamientos que palien síntomas por los que podemos pagar un alto precio en efectos secundarios. Acudimos a una consulta para que los profesionales de la medicina nos miren a los ojos, nos exploren, nos escuchen, y, nos aporten soluciones, bien por ellos mismos o derivando a especialistas. No permitamos que nos juzguen que por el hecho de ser mujeres y vernos condicionadas por una serie de problemas que generan síntomas difusos. No debemos consentir que se infravalore lo que relatamos, porque nosotras conocemos nuestros cuerpos, y los escuchamos, y si acudimos a esas consultas, es porque realmente lo necesitamos. No queremos estar sobremedicalizadas, ni ingerir fármacos que nos causen dependencia, como los ansiolíticos, si no es imprescindible, y, debemos ser informadas de cualquier prueba o tratamiento a realizar, porque nuestros cuerpos y nuestras mentes son nuestro poder, y, es vital que nos escuchemos y nos hagamos escuchar.


Fuentes: "MUJERES, SALUD Y PODER". Came Valls-Llobet