Mónica Paulus; Cuando aún hay mujeres quemadas por ser brujas

"Nunca debes dar un paso atrás por ser mujer". Así de rotunda se muestra Mónica Paulus, defensora de los derechos humanos y una heroína para muchas mujeres en Papua Nueva Guinea

La caza de brujas que el Mundo sufrió en el siglo XVIII parece algo olvidado y más que superado pero no es así. En la actualidad hay miles de personas perseguidas, torturadas y condenadas a muerte por ancladas "tradiciones", India, Ghana, Indonesia, Tanza o Papua. En algunas comunidades, quienes se encargan de perseguir a las personas que cometen los delitos de la brujería, son hombres. Los «cazadores de brujas» adquieren el rol de limpiadores de la moral social. Casualmente, la mayoría de las víctimas son mujeres, brujas. Esto sugiere que las acusaciones de brujería son solo un modo más de violencia de género.
En Papúa Nueva Guinea, según indican las estadísticas, dos terceras partes de las mujeres se encuentran expuestas constantemente a la violencia doméstica y el 50% se convierten en víctimas de agresiones sexuales. Los hombres no respetan a las mujeres, golpeándolas continuamente y haciendo uso de machetes y hachas. Muchas mujeres que sufren violencia de género, especialmente las más ancianas son acusadas de brujería cuando un hombre o un niño muere por causas desconocida, sin motivo aparente, o por enfermedades tales como el sida que alcanza, por otra parte, niveles alarmantes entre la población. No obstante existen otras razones por las que estas mujeres son asesinadas de forma despiadada. En un país rico en recursos y en pleno desarrollo económico, deshacerse de ellas puede significar la posibilidad de adueñarse de sus tierras. Los ingresos que genera la explotación de los recursos naturales no llega a toda la población, la corrupción alcanza niveles desorbitados por lo que deshacerse del más frágil y desvalido se convierte en la vía más rápida para hacerse con los bienes ajenos.


La creencia en la brujería es ancestral y muy común en todo Papua Nueva Guinea, especialmente entre el 80% de este país de siete millones de habitantes que aún vive en aldeas rurales. En 1971, en lugar de combatir o negar estas creencias, el gobierno local aprobó la ley "A favor de la magia blanca (la buena) y en contra de la magia negra (la mala)", pero los asesinatos nunca se detuvieron. Y en el 2008 comenzaron a ser más comunes y sangrientos. Los últimos sucesos, de una violencia extrema difícil de soportar y acontecida ante los ojos de cientos de personas incapaces de actuar, no expresa que muchos ciudadanos de esta nación melanesia, aunque crean en la brujería, den conformidad a estos linchamientos multitudinarios. Es habitual que los crímenes y desapariciones misteriosos sean atribuidos por la población local a la brujería. Sin embargo, en 2009 una comisión parlamentaria advirtió de que estaban siendo utilizados como excusa para cometer asesinatos con total impunidad.
En 2013 saltó a la prensa y noticias internacionales el caso de Kepari Leniata, de 20 años de edad, fue capturada, desnudada, atada, torturada con una barra de hierro ardiendo quemándole sus genitales y quemada viva delante de cientos de personas por la familia del joven en Mount Hagen. Al parecer, la Policía y los Bomberos trataron de impedir que la mujer ardiera, pero la multitud les impidió llegar hasta ella a tiempo, de modo que cuando por fin lo consiguieron ya había fallecido.

Durante los últimos diez años, Monica Paulus, de la Red de defensores de los derechos humanos de las mujeres de las Highlands, ha trabajado incansablemente para ayudar a las víctimas en la provincia de Simbu. Ella proporciona refugio, apoyo emocional y garantiza que los casos sean denunciados a la policía. Paulus dice que ella ha sido testigo de cómo la violencia relacionada con la brujería alcanza una epidemia en los últimos años. Con valentía y determinación, rescata a mujeres y niñas de castigos tremendos o incluso de sentencias de muerte. A contracorriente de convicciones y creencias fuertemente arraigadas en las comunidades, se afana para proteger a estas mujeres, lo que con frecuencia significa alejarlas de la comunidad. Y mientras, hace todo lo posible para que tengan acceso a la justicia y para que puedan llevar a sus agresores ante los tribunales.


"Hay dos factores que me han ayudado a llegar donde estoy hoy: una voluntad de hierro y también haber sido víctima de violencia en mi propia piel. Yo tuve que afrontar esa situación sola, sin ayuda y por eso hoy quiero estar junto a las mujeres que sufren ese trance".

 Caso tras caso, su compromiso crece. Unas veces ganan y otras pierden, pero Mónica no se rinde nunca.