¿INFERIORES?

Un artículo de Mar Escudero


Nací en los años 50, cuando España se lamía sus heridas de posguerra y nunca habíamos escuchado las palabras feminismo, empoderamiento o sororidad.

Mis dos tías paternas, aprovechando la llegada a la villa de una gran industria siderúrgica y la afluencia de trabajadores llegados de todos los confines de España, decidieron montar una pensión en el piso que tenían alquilado y con abundantes dormitorios. Y así, sin apenas estudios pero con mucho sentido común y más trabajo aún, sacaron su vida adelante sin depender de hombres ni familiares.

En el pueblecito costero asturiano muy cercano a Galicia, mis cuatro tías-abuelas maternas trabajaban sin descanso después de que sus hermanos se hubiesen hecho a la mar o se hubiesen emancipado al casarse y partir hacia otros lugares.

Tenían vacas, bueyes, cerdos, gallinas, conejos y un caballo.

Se levantaban al alba y se iban a arar la tierra o a sembrar o a recolectar con su vestido, chaqueta y pañuelo y unos calcetines y el resto de las piernas al aire, que ponerse pantalones no era algo que pasase por sus cabezas.

Segaban hierba, trigo o maíz con la guadaña y cargaban los carros de bueyes hasta que era imposible llenarlos más. O cargaban los sacos de maíz o trigo y los llevaban al molino.

Sacaban a pastar a las vacas, las ordeñaba y repartían la leche a sus clientes.

Hacían las matanzas todos los años y el pan en el horno de leña todas las semanas.

Cuidaban a diario de todos los animales e iban a misa los domingos, que el cura no perdonaba y colgaba de la puerta de la Iglesia la lista de los que no asistían. (Creo que mi bisabuelo fue siempre el primero de la lista aunque jugase la partida con el cura).

Compraban o alquilaban tierras y siempre manejaron ellas solas sus finanzas.

Comían pote gallego a diario y solo se permitían cambiar el menú en las fiestas del pueblo, en Septiembre por San Miguel o cuando venía la trilladora y se turnaba para ir a las tierras de cada vecino y todos ayudaban a todos y al que le tocaba daba de comer ese día. Y entonces sí se sacaban los chorizos, se hacían tortillas y paellas con lapas y conejos en salsa, a los que sacrificaban ellas mismas con un golpe seco cual karatecas.

Se hacía el estiércol trayendo carros con espinos que había que cortar de los bosques, se echaban a la puerta de la casa y se cubrían con las boñigas de las vacas hasta que se ablandaban y se convertían en ese estiércol maravilloso. Esa temporada tocaba andar con madreñas y soportar el olor al que terminabas acostumbrándote.

Y sabían coser, lavar, planchar, cocinar, barrer o lo que hiciese falta.

Había que sacar el agua del pozo y darles de beber a las vacas, teniendo cuidado que corriese agua limpia entre una y otra porque no les gusta beber del agua con babas de compañeras. Que las vacas son muy suyas.

Podría extenderme más pero este no es artículo sobre labores agrícolas y ganaderas.

Por todo esto queridos, amados, admirados y no suficientemente bien ponderados hombres

¿podéis pensar que ni por un solo momento a mí se me pasase por la tela del juicio que las mujeres podíamos considerarnos inferiores a los hombres? ¿En qué? ¿Por qué?

Solo la sociedad crea diferencias al asignar roles a hombres y mujeres a su conveniencia y curiosamente siempre lo hace en detrimento de las mujeres.

La naturaleza nos ha asignado diferencias físicas para la procreación de forma complementaria, simplemente. Todo lo demás ha sido cosa de las sociedades patriarcales.

Por lógica, ante el avance de la tecnología (si no nos cargamos este planeta antes, cosa harto probable) el ser humano cada día necesitará utilizar menos su fuerza física y evolucionaremos a cuerpos muy similares en cuanto a capacidades físicas y se tenderá cada vez más a desarrollar las capacidades de nuestro cerebro. ¿Que excusa buscaréis entonces? ¿Que nuestro cerebro está menos desarrollado? Cosa absurda como bien ha quedado patente con la incorporación masiva de las mujeres a la Universidad.

Nací feminista pero no por ideología o porque nadie me lo inculcase.

Nací feminista por la fuerza de la razón ante una realidad incuestionable.